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2003-11-12

La maldición de Tutankamón

"La muerte tocará con sus veloces alas al que moleste al faraón muerto..."

Con la muerte de Lord Carnarvon hace 80 años, comenzó la «maldición» de Tutankamón. ¿Farsa? ¿Leyenda? ¿Mito? Tras el hallazgo realizado por Carter y Carnarvon de la tumba del faraón de la XVIII Dinastía, 30 personas que tuvieron relación con la cámara sepulcral perecieron por la «venganza faraónica». El primero, Carnarvon, en El Cairo, mientras se apagó la ciudad y su perra aullaba...

«...Todo ha terminado; he oído la llamada y me preparo...». Así expiró Lord Carnarvon en la madrugada del 5 de abril de 1923, cinco meses después de que desenterrara, junto a Howard Carter, la tumba de Tutankamón en el Valle de los Reyes. Carter fue el primero en entrar: «¿Puede usted ver algo?», le preguntó Carnarvon. «¿Cosas maravillosas!», respondió el arqueólogo. Veía un reino en el que brillaba el oro. Lo que «vería» después, tras la muerte de su mecenas, serían historias para no dormir. El conde de Carnarvon, que financió el hallazgo, viajó hacia Asuán el 28 de febrero de 1923, once días después de que fuera abierta oficialmente la cámara sepulcral de Tutankamón.

En Tebas le picó un mosquito (curiosamente su hermana, lady Elizabeth Carnarvon, moriría en 1929 a consecuencia de la picadura de otro mosquito). Pero mientras se afeitaba, la navaja del lord perforó su herida. Rápidamente le aplicaron yodo, pero le subió la fiebre y alcanzó una temperatura de 38,3 grados. Su hija Evelyn decidió trasladarlo a El Cairo el 14 de marzo. A sus cincuenta y siete años y tras un accidente de automóvil en 1903, el conde de Carnarvon era un tipo demasiado debilitado. Había ido a Egipto para huir de los gélidos inviernos británicos aconsejado por su médico. Pero la picadura del maldito mosquito derivó en erisipela (infección de la piel que se manifiesta por su enrojecimiento y, generalmente, por la aparición de fiebre), prosiguió en una septicemia y culminó en una pulmonía demoledora..

La leyenda cuenta que la madrugada que murió Carnarvon se apagaron todas las luces de El Cairo. Y que a la misma hora en Inglaterra, en su castillo de Highclere, su perra terrier, de solamente tres patas -'Susie'- dio un aullido y murió.

Catálogo de seres y «maldiciones» Dos semanas antes de la desaparición de Carnarvon, la novelista gótica Marie Corelli envió una carta a 'The New York Times' en donde aseguraba que poseía un antiguo texto en árabe que vaticinaba la maldición: «Sobre los intrusos en una tumba sellada cae el castigo más horrible. La muerte llega volando hasta quien entra en la tumba de un faraón». Excluidos de las primicias a las que accedía 'The Times' tras firmar una exclusiva Carnarvon, los diarios británicos alimentaron la leyenda. Los rumores seguían «el curso de Osiris». Mito, rito y leyenda emergían desde las profundidades de la tumba. Así, Arthur Weigall, antiguo inspector del Servicio de Antigüedades de Egipto, comentó al observar el buen humor de Carnarvon al abrir la tumba: «Si entra con este ánimo, le doy seis meses de vida». Justamente, seis meses después fallecería.

Sir Arthur Conan Doyle, el padre de Sherlock Holmes, agitó y atizó el fuego de la maldición el día que moría Carnarvon. Le concede absoluto crédito a la sobrecogedora inscripción que supuestamente cobijaba la tumba -«La muerte tocará con sus veloces alas al que moleste al faraón muerto»- y dice que no fueron almas ni espíritus, sino «elementos creados por los sacerdotes de Tutankamón para guardar la tumba» los sumos responsables de la muerte de Carnarvon. Al ser descubierta la tumba, uno de los «fellah» (obreros nativos) espetó: «¿Estos hombres encontrarán oro... y muerte!».

Howard Carter tenía un canario que viajaba con él a todas partes. Pocos días después del hallazgo, el criado de Carter intenta recuperar la jaula del canario que había dejado sobre unas piedras. Queda horrorizado: una cobra había penetrado, había sacado al canario y lo estaba devorando.

Justamente cuando Carter descubrió la tumba se encontró con tres grandes lechos funerarios dorados, dos estatuas del rey, hechas de madera, frente a frente, cual centinelas, vestidas con un paño y sandalias de oro, armadas con una maza y un largo bastón y con la cobra sagrada, estirpe faraónica, en su frente... Suicidios, resfriados, congestiones... Se contabilizaron hasta 30 (obras versiones hablan de 80) muertes de seres que tuvieron alguna relación con el desenterramiento de Tutankamón.

Nicholas Reeves, uno de los grandes especialistas mundiales en egiptología, analiza en su espléndido libro 'Todo Tutankamón' (Destino) el tráfago de la expedición. Así, se ha sabido que el hermano menor (según otras fuentes, hermanastro) de Lord Carnarvon, Aubrey Herbert, murió de forma repentina en septiembre de 1923 por «suicidio provocado en un arrebato de locura».

El estudiante Archibald Douglas Reid fue encomendado por el gobierno egipcio para radiografiar la momia. Un día más tarde, el malestar se apodera de su cuerpo. Tras realizar la radiografía, viaja a Londres y muere cuando diseccionaba otra momia.

La salud de Arthur Mace, brazo derecho de Carter y conservador de arte egipcio del Museo Metropolitano de Nueva York, que abrió la tumba junto a él, se quebró antes de que hubiese sido vaciada la cámara. El magnate norteamericano de los ferrocarriles George Jay Gould falleció por una neumonía tras «cazar» un resfriado en la tumba. El secretario de Carter, el capitán Richard Bethell, tercer barón de Westbury, murió en circunstancias poco corrientes en el Bath Club en 1929: una noche de noviembre se acostó sano y no volvió a la vida jamás. La viuda de Bethell se suicidó en 1956. Y también el padre de Richard, Lord Westbury, que tenía una pequeña colección de antigüedades egipcias. A sus 78 años se arrojó al vacío desde un séptimo piso en Londres. Un día más tarde, el carruaje fúnebre de Lord Westbury arrolla a un niño londinense.

Alb Lythgoe, del departamento egipcio del Museo Metropolitano neoyorquino, que estuvo en la tumba, agonizó en un hospital víctima de un infarto. El egiptólogo francés del Louvre George Benedite murió (por una caída o por congestión, según diversos testimonios) en el Valle de los Reyes. Al egipcio Ali Kemel Fahmy Bey le disparó su esposa en Londres poco después de auscultar el descubrimiento. En 1939, la Radio de El Cairo quiso celebrar el Año Nuevo musulmán con las trompetas encontradas en la tumba. El camión que las transportaba cayó por un barranco y su chófer murió. Una vez en la emisora, el músico que se disponía a tocar la trompeta real ante los micrófonos falleció repentinamente de un ataque al corazón. Medio siglo después del hallazgo, la maldición resurgían de sus cenizas.

En 1972, el doctor Gamel Mehrez, director del Departamento de antigüedades del Museo de El Cairo, que intervino para el envío por barco de los restos de Tutankamón a Londres para ser exhibidos, acaba sus días víctima de una hemorragia cerebral. Su antecesor, que en 1967 firmó un acuerdo para exhibirlos en París, murió de otro derrame cerebral. «Invención» de Carter y Carnarvon Pero una estadística del egiptólogo norteamericano Herbert E. Winlock, en 1934, echaba por tierra la maldición. La conclusión era que de las 26 personas que presenciaron la apertura de la tumba, seis habían muerto una década más tarde.

De las 22 que habían sido testigos de la apertura del sarcófago, sólo dos habían muerto. De las diez que habían estado presentes en el descubrimiento de la momia, ninguna había sido víctima de la «maldición» (aunque hay quien sostiene que Evelyn White, que colaboró en el descubrimiento de la momia, acabó ahorcándose).

El cine y la televisión continuaron engordando la leyenda hasta que en 1975 un médico irlandés aseguró que había dado con el «bálsamo de fierabrás» de la leyenda: Carnarvon, Mace y Benedite murieron por una infección causada por «¿excrementos de murciélago!». El pasado año, otro médico, el australiano Mark Nelson, analizaba en la revista «British Medical Journal» los datos de los 24 occidentales que presenciaron la apertura de la tumba (que vivieron una media de 70 años) y los comparó con otros 11 que en ese momento excavaban en otros lugares de Egipto (que vivieron un promedio de 75 años). «Se trata de un mito urbano, por tanto», concluyó. El último superviviente, el sargento Richard Adamson, que custodió la tumba durante siete años durmiendo al lado del sarcófago, esquivando cobrasy escorpiones y escuchando música de ópera en un gramófono, confesó que la «maldición» fue un camelo mayúsculo de Carter y Carnarvon para ahuyentar a los bandidos.

Antes de morir en 1939 a los 64 años, Howard Carter se encargó de enterrar la «venganza faraónica»: «Toda persona sana debería despreciar esta clase de invenciones».

En el Adarve a las 04:44 | Jota | 3 Comentarios | #



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Comentarios

1
De: aleteta Fecha: 2006-02-07 00:37

esta super chidisima su pagina



2
De: ayrton Fecha: 2009-10-20 14:43

esto es una mierda



3
De: ayrton Fecha: 2009-10-20 15:11

CHUPENLA



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